jueves, 6 de agosto de 2015

Desaparición de lenguas

Las lenguas, independientemente de su número de hablantes, representan cultura e historia de la humanidad. No podemos reducir una lengua simplemente a la frecuencia con que se practica o al uso que se le da. De acuerdo con el fragmento del discurso de George Steiner durante la entrega de los premios Príncipe de Asturias del año 2001(*) en “cuando muere un idioma muere un enfoque total de la vida”. Una lengua encierra conocimientos diversos que desaparecen al mismo tiempo que desaparece tal lengua. Como parte de la humanidad tenemos cierta responsabilidad de conservar esos conocimientos, y no despreciarlos por el hecho de que formen parte de una lengua perteneciente a una población menos civilizada.
La perspectiva de Fernando Lázaro Carreter o Gregorio Salvador (**), vicepresidente de la RAE, sobre la desaparición de lenguas “minúsculas” (así las denomina Gregorio Salvador) lleva a creer que el valor de la cultura se mide por el poder económico de los autores o conocedores de estos conocimientos. Además, Gregorio Salvador, presenta a las lenguas minúsculas como un lastre para sus hablantes, algo que deben hacer desaparecer de su memoria y su historia para poder crecer como civilización y tener un lugar en el mundo. Pero una lengua no es una cárcel. La cárcel no la impone una lengua, la imponen las personas que atacan a esa lengua, que son las mismas que no valoran los conocimientos y aspectos culturales que aporta cada cultura de la humanidad. La amenaza de estas personas que defienden la desaparición de estas lenguas es una de las causas de su muerte, pero la principal causa de la muerte de éstas es el Poder. Un idioma no sobrevive si no tiene un mínimo de poder económico, político y social. Así pues, nos encontramos en un mundo en el que el poder de la cultura y el conocimiento no tiene valor si no es para mover y crear dinero.
No se puede negar, que el aprendizaje de lenguas “grandes” sea un avance para una población que practica una lengua minúscula, perno no por ello tienen porque desaparecer por completo. ¿Cuántas comunidades conocen un dialecto hablado en su comunidad y la lengua oficial de su país? Y no por ello rechazan su dialecto o lengua, pues es también su identidad e historia. Una persona nacida en Cataluña aprende el español y además el catalán, un andaluz aprende el español con las características de habla geográficas, y todo ello son rasgos de su identidad del mismo modo que los tienen todas las lenguas minúsculas.
En el documental sobre “El último sefardí”(***), apreciamos la desgracia que es ver desaparecer una lengua, su literatura, su historia y todas sus aportaciones. La expulsión del judeoespañol de la Península Ibérica y la exterminación de la Alemania nazi sobre los judíos casi acabaron con una lengua cargada de contenido cultural. Pero gracias a una minoría de hablantes que tomaron cartas en el asunto conservamos parte de ella.

En este caso, vemos la influencia de los prejuicios de la sociedad, también hacia las lenguas, en la desaparición de éstas. De nuevo el poder social supera a la erudición. Si lo mismo pasara con cada lengua hasta el punto que solo quedara una lengua universal, habría una única cultura y un único conocimiento de la vida, lo que puede que nos enriquezca el bolsillo pero no como personas.

Aquí os dejo los fragmentos de los que hablo:

(*) Fragmento del discurso de Geroge Steiner  2001

Cuando muere un idioma, muere con él un enfoque total –un enfoque como ningún otro– de la vida, de la realidad, de la conciencia. Cuando un idioma es arrasado o reducido a la inutilidad por el idioma del planeta, tiene lugar una disminución irreparable en el tejido de la creatividad humana, en las maneras de sentir el verbo esperar. No hay ninguna lengua pequeña. Algunas lenguas del desierto del Kalahari tienen más matices sobre el concepto de futuro, del subjuntivo, que aquellos de los que disponía Aristóteles. Lejos de ser una maldición, Babel ha resultado ser la base misma de la creatividad humana, de la riqueza de la mente, que traza los distintos modelos de la existencia. (He intentado demostrar esto en toda mi obra). De modo incluso más drástico que la actual destrucción de la flora y de la fauna, la eliminación de las lenguas humanas –se calcula que podrían quedar unas cinco mil de las veinte mil que existían hasta hace poco– amenaza con vulgarizar, con estandarizar los recursos internos y sociales de la raza humana.

(**) Fragmento de entrevista de El País a Fernando Lázaro Carreter

. P. ¿No hay un desfase entre el potencial lingüístico del español y el peso político y económico de los países hispanohablantes?
R. Estados Unidos tienen el 40% de la renta mundial y el resto se lo reparten los demás países. El porcentaje de los países hispanos es muy bajo. Eso demuestra que no es la cantidad de hablantes lo que hace grande un idioma, sino, por una parte, la demanda que se tiene de él, por ejemplo, su presencia como lengua oficial en los organismos internacionales (la Unión Europea, la Unesco...), en los que el español es oficial, pero en la práctica se usa mucho menos que el inglés o el francés y, por otra, la influencia que ha tenido en la cultura mundial. Por supuesto que está bien viajar de punta a punta de un continente hablando tu lengua, pero la importancia se mide por la necesidad que los otros tienen de esa lengua. Lo que importa es la estima de los demás, no la propia. Además, la expansión ha de ser cualitativa, no demográfica.
P. A un defensor del multiculturalismo no le sonaría muy políticamente correcto.
R. El bantú, por ejemplo, será una lengua muy hermosa y rica y gramaticalmente admirable en sus modulaciones, pero, lo siento, la importancia de una lengua está en su peso en la cultura mundial y por su contribución a la historia de la humanidad. Eso es un hecho objetivo. Para medir la importancia de una lengua hay que preguntarse qué ha supuesto para la humanidad.


Fragmentos del artículo “LENGUAS MINÚSCULAS” de Gregorio Salvador

ABC 19 de enero de 2005
por GREGORIO SALVADOR. Vicedirector de la Real Academia Española/
. . .
hace no muchos años le oí decir a un entonces gerifalte de la Unesco, compungido, en una entrevista veraniega, que en lo que quedaba de año iban a morir setenta u ochenta lenguas y que eso era una desgracia para la Humanidad, que habría que poner todos los medios para que siguieran vivas todas esas lenguas. Como idéntica copla la repiten, ya se ve, personajes ilustres, supuestamente sabios y conscientes, y la oyen o la leen millares de personas que ni son tan prestigiosas ni tienen por qué saber el funcionamiento histórico del lenguaje, me vi en el deber de moderar lo oído y recordar en cuatro minutos unas cuantas obviedades que los devotos del multiculturalismo olvidan casi siempre. Dije que allí, en aquel teatro repleto, estábamos unas mil seiscientas personas, que representábamos a los cuatrocientos millones de hablantes del idioma que nos reunía, el español, que las lenguas son, ante todo, instrumentos de comunicación y vehículos de cultura en su dimensión escrita y que los grandes idiomas no suelen servir de seña de identidad para nadie, porque el nuestro, sin ir más lejos, es una lengua plurinacional y multiétnica y se habla en más de veinte naciones. Que si no hubieran ido desapareciendo lenguas en el transcurso de la historia, porque en sus hablantes triunfó la fuerza de intercambio sobre el espíritu de campanario, no habríamos alcanzado el nivel de civilización en que nos hallamos y sólo existirían lenguas mínimas, lenguas de tribu o incluso simplemente familiares. Recordé que, a pesar de todo, existían aún hoy en el mundo cuatro o cinco mil lenguas, pero que la mitad de ellas, al menos, las hablaba menos gente de la que estaba presente en el teatro, y la mitad de esa mitad eran lenguas tan minúsculas que no contaban con más hablantes de los que pudieran caber sobradamente en un palco. Que muchas de esas lenguas minúsculas se van extinguiendo es evidente, pero no hay que lamentarse, porque eso quiere decir que sus posibles hablantes, los que las han ido abandonando, se han integrado en una lengua de intercambio, en una lengua más extensa y más poblada que les ha permitido ensanchar su mundo y sus perspectivas de futuro. Añado ahora que una lengua desaparece cuando muere la última persona que la hablaba y lo único triste de ese suceso es la muerte de esa persona.
. . .
En América y en África quedan bastantes de esas lenguas minúsculas y todo esfuerzo por mantenerlas no es más que una aberración reaccionaria, todo hay que decirlo. Esas pobres gentes tuvieron que padecer, históricamente, a conquistadores, encomenderos, exploradores y colonos. Y, por si no hubieran tenido bastante, hay quien pretende mantenerlas, desvalidas, en su exigua prisión lingüística, ajenas e ignorantes del mundo que con nosotros habitan, con todo lo bueno o lo malo que este les pueda ofrecer, para regalo acaso de obstinados antropólogos, entretenimiento de gramáticos imaginativos y orgullosa satisfacción de políticos desnortados y pusilánimes. Y para más inri, en nombre del progreso y la revolución. Naturalmente que deseo la extinción de esas lenguas minúsculas, la incorporación de sus hablantes a un mundo intercomunicado. Si las cinco mil lenguas que se cuentan en el planeta quedaran reducidas tan siquiera a dos mil, algunas cosas mejorarían en el panorama mundial que hoy se nos muestra, y, sobre todo, la suerte y la condición de tantos seres humanos en ellas aprisionados.

(***)

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