viernes, 28 de agosto de 2015

La leyenda de Alejandro Magno

La leyeda de Alejandro gozó de una extraordinaria difusión durante la Edad Media. Alejandro fue un prototipo de vicios y virtudes. Fue objeto de múltiples elaboraciones literarias, entre ellas El libro de Aleixandre.

Sigue considerándose una obra anónima, aunque existen diferentes teorías: los que apoyan la autoría de Juan Lorenzo, los que piensan que es obra de Gonzalo de Berceo y los que rechazan ambas. Lo que sí sabemos es que su autor era un hombre de cultura, pues hacía manejaba a la perfección numerosas fuentes.

Tomás Antonio Sánchez sitúa la obra a mediados del siglo XIII. Sabemos con seguridad que fue anterior al Poema de Fernán González. La obra está formada por dos manuscritos, (O) y (P). El manuscrito (O), del siglo XIII o principios del XIV, presenta rasgos lingüísticos leoneses, y el (P), del XV, numerosos aragonesismos. Combinando ambos se obtiene el poema más extenso del mester de clerecía.

El argumento de la obra comienza con el nacimiento de Alejandro, un niño prodigioso que dejaba ver sus grandes virtudes desde la infancia. Se exalta su inteligencia, recibe su educación del gran maestro Aristóteles. Desde niño la ira le corroe al advertir que los reyes de Grecia son tributarios del persa Dario (o Darío). Espera a que su maestro le dé permiso para combatir las injusticias y batallar contra Dario. Aristóteles consiente el enfrentamiento y le aconseja para iniciar su lucha.

Muerto Filipo, Alejandro sube al trono. Unifica Grecia y logra la hegemonía. Marcha contra Persia y obtiene varias victorias antes de enfrentarse directamente con Dario, que será derrotado por dos veces consecutivas por Alejandro. Posteriormente, Dario huye y muere a manos de los traidores Narbazanes y Bessus.

Luego marcha a conquistar la India, para hacerse con toda Asia. Vence a Poro y se proclama rey. Pero tras sus últimas conquistas, dominado por la soberbia, no se contenta con el dominio de la tierra, quiere reinar por mar y aire. Toda su gloria de esfuma al ser envenenado y muerto por el traidor Jobas.

En las seis últimas estrofas el autor exhorta a reflexionar sobre la vanidad de las honras mundanas y se despide.

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