lunes, 10 de agosto de 2015

Cantar de Mio Cid: los misterios del manuscrito

Para comenzar a hablar del Cantar de Mio Cid debemos hablar de los cantares de gesta y su origen. Existen tres teorías al respecto. Los primeros en interesarse por la épica europea fueron los románticos alemanes. Los franceses Gaston Paris y su discípulo, Joseph Bedier, apoyaron los estudios de los alemanes. Bedier discrepaba con Gaston, y Menéndez Pidal concluyó en una hipótesis que resultó tener mucho éxito, pues tenía en cuenta ambas teorías.

La teoría de la aglutinación, defendida por Gaston Paris, defiende que los cantares de gesta eran de origen popular y eran el resultado de la unión de breves poemas épicos o cantilenas compuestas sen los siglos VIII y IX. Según Gaston, los cantares de gesta tenían su origen en los romances, pero más tardee rectificó  al descubrir que los romances eran posteriores.

La teoría individualista, defendida por Joseph Bedier, defiende que los cantares son de origen culto y eran compuestos por clérigos. Niega el carácter colectivo.

Finalmente, Menéndez Pidal, apoya la teoría tradicionalista. Esta se basa en aceptar el origen popular y colectivo de los cantares y finalmente su fijación por escrito llevada a cabo por clérigos. El poema sufría múltiples variaciones hasta adoptar su forma final escrita. Los clérigos utilizarían los cantares a modo de propaganda para atraer peregrinos hasta los monasterios. Aun así, estas composiciones eran recitadas por juglares, se ampliaban y surgían versiones.

Respecto a dónde surgieron, varias teorías difieren en un origen germano, francés, arábigo andaluz o latino.

El cantar de gesta es un relato histórico en verso en el que se exaltan las hazañas de seres superiores cuyo único ideal es la persecución del honor a través del riesgo y la rebeldía. Pertenecen a la edad heroica, donde es de gran importancia el espíritu nacional y causa la necesidad del relato histórico.
Uno de los temas más frecuentes es el enfrentamiento del héroe con el rey. La actitud del monarca nunca iba a ponerse en cuestión, la única autoridad sobre él era Dios. El héroe lucha por conseguir el favor del rey. 

La menor o mayor veracidad de los cantares ha sido objeto de discusión por muchos estudiosos. Se ha concluido en que son historias reales con un componente poético. La veracidad de las historias podemos encontrarlas en las crónicas históricas. Uno de los difusores de este tipo de documentos fue Alfonso X el Sabio, quien reunía a colaboradores para elaborar toda una colección de crónicas. En la llamada Crónica general, se recogen versos de cantares muy extensos. Una de las crónicas que sirvió para la reconstrucción del Cantar del Mio Cid fue la Crónica de veinte reyes

La métrica de los cantares oscila entre versos de 14 y 16 sílabas divididos por una fuerte cesura. La rima es asonante. Los versos contiguos con la misma rima forman una tirada, que por lo general se corresponde con una unidad temática.

Hay dos formas distintas de clasificar los cantares: según el ciclo temático y según el periodo cronológico.

Según el ciclo temático diferenciamos los cantares del ciclo carolingio, el ciclo de los condes de Castilla y el ciclo del Cid. Y según los periodos, dividimos en tres etapas: periodo inicial o de formación, de plenitud y de decadencia.

El Cantar de Mio Cid

El manuscrito fue encontrado por Eugenio Llaguno en 1775, lo más probable es que no fuera el único manuscrito, pero es el único que conservamos. Llaguno se lo entregó a Tomás Antonio Sánchez, que se encontraba elaborando su Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XV. Antes de llegarse a editar por primera vez por Tomás Antonio, pasó por las manos de José Antonio Pellicer, quien hizo algunas correcciones. Los herederos de Llaguno lo cedieron (o vendieron) al gran bibliófilo Pascual Gayangos. Éste lo ofreció en repetidas ocasiones al Ministerio de fomentó, que lo rechazó. Finalmente lo vendió a la familia Pidal. Los Pidal tampoco consiguieron vender el manuscrito y lo sacaron a subasta. Estuvo a punto de ir a parar a EEUU pero la Fundación March lo compró y lo cedió a la Biblioteca Nacional. 

Al manuscrito le faltaban cuatro hojas. Una de ellas estaba en blanco, por lo tanto solo faltaban tres. Está formado por tomos en cuarto, con pergamino grueso de mala calidad y el espacio muy aprovechado, por lo que deducimos que no era una copia pensada para ser guardada. Son varios cuadernillos cosidos con nervios de animal y escritos en letra gótica del siglo XIV. 

Se encuentra bastante deteriorado por la aplicación de reactivos para la tinta para que facilitasen su lectura. Se encuadernó en el siglo XIV o XV. En el siglo XIV el humanista Ulibarri hizo una copia completa que es la única que conservamos. Aparecen también otras letras que pudieron ser dee los correctores. 

Pidal fue el primero en hacer una transcripción paleográfica del manuscrito, cuyo propósito era el de poder ser leído como el original. Al final del manuscrito aparece un colofón o éxplicit, uno de quien escribió la obra, y otro de quien la recitó que aparece en otra letra y al que llamamos colofón juglaresco.

Diferentes teorías sobre la autoría y fecha de creación del manuscrito

El éxplicit del códice único ha atraído un gran interés y a partir de él se han planteado tres grandes cuestiones:
§  el sentido que hay que otorgarle a escribir
§   la identidad de Per Abbat
§  la fijación de la fecha.
   

En el manuscrito aparece “En era de mil & ·C·C· x·L·v· años”. Entre la crítica moderna la que prevaleció fue la teoría de M. Pidal durante la primera mitad del siglo XX. Apoyaba que escrivir solo significaba copiar, por lo tanto Per Abbat es únicamente el copista del manuscrito y que es un nombre demasiado común como para identificarlo con ninguno de los conocidos de la época.

Piensa que el espacio tras la segunda ·C· corresponde a una tercera ·C· raspada (aunque la aplicación de reactivos no acusa ningún rastro de tinta), rasura efectuada para envejecer el manuscrito y darle más valor. Según esta teoría el manuscrito hubiera sido copiado por Per Abbat en 1307 (año cristiano).

Ubieto refutó esta teoría. Según él, no hubo raspadura, solo un espacio en blanco debido a una arruga en el pergamino. La letra del códice pertenece a mediados del siglo XIV, no a principios de siglo, por lo tanto, es una copia de la copia creada por Per Abbat. Además, expone que no pudo haber sido escrita antes de 1201, por lo que concluye en que Per Abbat es el autor del Cantar. 

Horrent considera que Per Abbat fue u  mero copista y que el sentido de "escrivir" es el único que el de "trazar las letras". Cree que hubo una tercera "C" raspado y que fue una simple corrección del copista o de algún corrector. Según él, Per Abbat puso su nombre en el colofón por ser la única copia conservada.

Smith rechaza que Per Abbat sea el nombre del copista más moderno, por lo tanto acepta su autoría y el sentido de "componer" de la palabra "escrivir".

Mikel refutó la teoría de la arruga de Ubieto al analizar con luces ultravioletas el manuscrito y descubrir que nunca hubo tinta en ese espacio en blanco. La arruga de debía al deterioro de los reactivos aplicados. -          Apoya el sentido de escrivir como copiar y rechaza que Per Abbat sea el autor.
-       
-          La inspección directa del códice único, llevada a cabo con luces ultravioleta, una cámara de reflectografía infrarroja y un vídeo-microscopio de superficie permitieron conocer que en el espacio entre la segunda ·C· y la x hay tres pequeñísimas incisiones. La presencia de tales trazos garantiza que no hubo raspadura, ya que, en tal caso, no se distinguirían netamente estas líneas.
-          Por lo tanto nunca hubo ni ·C· ni raspadura, solo un espacio en blanco.

1 comentario:

  1. Me gusta tu entrada, te he enviado un mensaje. Éxito con tu blog.

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