martes, 11 de agosto de 2015

Prólogo

Bajé las escaleras antiguas del edificio en busca del interruptor de la luz que parecía haberse desintegrado, pues mi mano solo palpaba el gotelé de la pared. Conseguí llegar hasta el siguiente piso sin partirme ningún hueso en esas malditas escaleras. La recepción estaba completamente sola, cosa a la que no daba crédito, ya que supuestamente ofrecían un servicio veinticuatro horas. La luna se mostraba amable conmigo esa noche y me permitía ver el perfil de algunos objetos de la sala.

Con ese amago de luz pude rebuscar lo suficiente en la talega que tenía por bolso para encontrar el móvil. La tarea no fue tan fácil como la cuento, la resistencia que opuso la cremallera ya me anunciaba que esa noche las cosas no me iban a ir mejor de lo que me solían ir a menudo. Al introducir mi torpe mano en aquel agujero negro encontré un pintalabios disfrazado de mechero, una cartera que hacía meses que estaba vacía, llaves, muchas más llaves, un mechero sin gas ¡qué extraño en mí!, un paquete de tabaco del barato y… ¡el móvil!

Doy veinte vueltas al móvil hasta encontrar el botón de desbloqueado y cuando consigo encenderlo la luz volvió a desaparecer a los pocos segundos de gloria, pero esta vez por causas peores: alguien me había tapado la cabeza con una especie de saco de tela.

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